EL ÁGUILA DE ZARATUSTRA

TEXTOS HÍBRIDOS, MUTANTES, ESCRITOS POR UN ANIMAL PENSANTE, POR UN HOMBRE IRRACIONAL

20 julio 2008

Donde nace la tristeza

Ningún poeta es alegre. Todos llevan la negra consigna de que para escribir hay que vivir la poesía, y vivirla no es necesariamente una experiencia agradable, piensan. Crasso error, porque la poesía nace del intelecto. Que inspiración y transpiración se fundan en el ejercicio creativo es otra cosa, pero que para crear poesía sea necesario estar triste es ya entrar en terrenos existenciales o metafísicos. Ser práctico ante todo, es ser vital en un poeta. Aun en poesía la practicidad supera en concisión de imágenes a los versos de ultratumba. Por qué todo tiene que girar entorno a la pérdida de la amada, o a la desesperanza o decepción amorosa, o peor aun, entorno a la muerte. La muerte viene, sorpresiva; la vida se escurre de las manos, y es tan fugaz como un sueño en la pradera.
La más ardua tarea del poeta (y la más agradable) es la de recrear, es sabido. Los poetas de ultratumba creen que desde lo oscuro se llega al camino de la luz. La belleza crea belleza. De las lágrimas nacen más lágrimas. No toda oscuridad se transforma en belleza.
Muchos poetas que no eran tristes, repentinamente se suicidaron sin razón alguna, confirmando que el suicidio no proviene de esta vana sensación depresiva. El arte de la poesía consiste en volver bella a la tristeza. La tristeza que sólo emana decadencia en un poema, es un ejercicio gratuito a punta de lágrimas. Sin provecho alguno, para qué ponerse tristes.
En mi experiencia como poeta, confieso que la confundí con mi vida y las estaciones tristes que en el amor me detenían. Pero a lo largo de trece años siempre encontraba personas que lograban vivir esos versos, y eso yo lo considero un provechoso sufrimiento. Más, en muchos poetas encuentro que sólo plasman ejercicios líricos decadentes los que ensayan evocando su inútil vida ajena a los lectores. Como que la tarea de volver bella a la tristeza, es rendirle honor, no como un aedo suicida, sino como un vital transformador de los tormentos, de las desgracias, de las tragedias del hombre, en inmaculada belleza.
La poesía otorga la magia, la tristeza es el magma y el poeta el mago que la transforme en el oro de lo maravilloso, de lo bello.
Recuerdo algunos versos que hasta hoy me transportan a esas estaciones tormentosas que vivía enamorado, y no las recuerdo como algo vano, sino más bien me reconfortan y me infunden vida, una vaga certeza de que pasé esas pruebas, esas odiseas sin salida, que me fortalecieron, que me volvieron inmune al sufrimiento, ya pasados los treinta años. Sigo ileso, muy a pesar de los abismos, felizmente remotos.
Una ola de suicidios han encausado grandes obras maestras de la tristeza, por citar dos ejemplos: Die Leiden des jungen Werther, de Goethe, o el suicidio de un joven al rociarse con gasolina el cuerpo e inmolarse como aquel decadente personaje de Sobre héroes y tumbas, de Sábato, el serio.
A partir de una tristeza adquirida en un ambiente o en un libro decadente que no llegó a mutar en belleza, gradualmente se llega a la peste del suicidio, de la depresión, de la culpabilidad, que irá directo al mar de los manicomios, de las tumbas, de los infiernos eternos; todo esto partiendo de la tristeza que no se desemboca, o que se desemboca en mamotretos que no llegaron a metamorfosearse en belleza, abandonando la tristeza, el cascarón del que nacieron.
Los poetas somos afortunados al desfogar todos nuestros demonios escribiendo, ofrendando nuestras penurias líricas a la belleza. Pero algunos de ellos se hunden en su propio muro del cuerpo, que los traga, como quien se traga su propia tristeza Catoblepas.
Las canciones de amor son todas de tristeza gratuita. Letras en clave de ripio, notas sensuales rociadas de estupidez lacrimógena que es consumida por gente superficial y calmada, calmada como la gente que va todos los días a la oficina, calmada como la que retorna cansada y prende la radio, y ahí dentro alguien sufre y está triste y eso lo consuela, consuela sus penas gratuitas descendiendo por la garganta, bajando por los ojos en forma de lágrimas que ―según ellos― los reconfortan, cuando no hacen más que acentuar la decadencia que a diario confunde el ser cotidiano con poesía, ahí, donde nace la tristeza.

11 julio 2008

Censura en pleno siglo XXI

La promoción de la lectura en el país ha traído decadentes consecuencias. Ha surgido la llamada difusión de la “literatura infantil” que no es otra cosa que volver deficientes mentales a los niños. Fábulas con moraleja; zorros astutos, inocentes corderos, lobos malos, entre otras engañifas con las que Esopo estigmatizó la literatura infantil con mínimas historias mal interpretadas que hasta hoy tienen dignos émulos a los que muy niños engatusaron a su antojo, productores de literatura infantil.
Creo ―según el significado de los colores que la psicología sugiere― que La caperucita roja lo es porque quiere excitar al lobo. Su falda corta y roja, sus preguntas al lobo a qué hora me vas a comer, son más que un símbolo cochambroso, fuente de los más hilarantes chistes colorados. Acaso una apología a la pedofilia (el lobo representando al victimario sexual; la caperucita, a la víctima provocativa). Ideas mías que obedecen a suposiciones, partiendo de que el rojo significa pasión, como el blanco o el negro, muerte; así como el azul, melancolía. Concluimos que el famoso cuento del lobo que se come a la abuelita no es para niños, ni mucho menos. Más bien hay mucha sensualidad encendida en la falda roja de la niña. El hecho de que el lobo se coma a la abuelita es a todas luces el símbolo de los deseos sexuales reprimidos, consumándose; el antropófago acto de engullir el lobo a una niña vestida de rojo, la muestra de un deseo sexual saciado. Cuál literatura infantil.
En Las mil y una noches hay visibles connotaciones de sugerente contenido sexual para los niños; lo propio sucede en los deliciosos pasajes de El Cantar de Los Cantares del Rey Salomón, buriladas en las Sagradas Escrituras, de fumables hojas. Que yo sepa, Borges leía cuando niño la más reconocida obra de literatura oriental antes citada, y nunca le hizo daño ningún contenido sexual ni la mula muerta. Será entonces cuestión de prohibir también la lectura de la Biblia; o peor aun, Blanca Nieves y los siete enanitos, ya que ha inspirado a forajidos cibernautas difundir a las cuentas de correo una presentación donde ésta princesita aparece desnuda haciendo cositas malas con los siete enanos a la vez, cositas malas con las que niños gordos se divierten mientras chatean o se vuelven cada vez más idiotas por los juegos en red.
Obras eróticas o libros de poesía maldita, que para unos cuantos decrépitos aparecen grabados en sus parámetros estéticos de antaño como graves atentados contra la moral y las buenas costumbres de los niños, y en general de las personas honorables, pueden ser obras maestras, incluso para niños. No subestimemos el intelecto de los niños. Lo que sí debiera existir es una urgente prohibición de la entrada a las cabinas de Internet a todas las personas que aún no han cumplido la mayoría de edad. Los únicos que atentan contra la moral son los juegos en red cargados de violencia no sólo física sino sexual, en los que estos marrajos infantes se prenden largas horas, expuestos a los más solapada pornografía infantil. La única que atentó (y creo que lo sigue haciendo) contra la moral de los niños en formación es la violencia, el bendito lema de “la letra entra con sangre”, lema sado-masoquista que incubó los más caros y depravados anhelos. Lo único que atenta contra la moral no son los libros bien escritos y sinceros o eróticos, sino la superlativa cachaza con la que se pavonea la modorra institucional del trabajo, en la que paradójicamente, en la que, literalmente, se pierde la vida. La única patada a la moral es hacerles creer a los niños que las nubes sonríen o que el sol es un niñito rubio; el engaño vil del que hasta hoy se valen algunos padres idiotas, diciéndoles a sus hijos que Santa Claus existe o que la cigüeña trae a los niños ―vía courier―. La única e insoportable mentira con la que algunos padres persisten hasta hoy, es creer que los niños son idiotas. Cuando el viejo está de ida, el niño ya está de regreso, ni dudarlo.
En el poema Tango del viudo de Pablo Neruda, el hecho de convertir en fetiche auditivo-visual a la clara corriente de la orina, no tiene nada de asqueroso, ni inmoral; más bien es la naturaleza surtiendo su chorro divino desde la cueva infernal, creada por el mismo Dios, a partir de una costilla, y en la expresión Nerudiana, mejor aun, es un acto divino la micción femenina, “como vertiendo una miel argenta, trémula, delgada, argentina, obstinada”; es más bien un proemio a la iniciación sexual con la que debe ya ir familiarizándose un hombre desde niño; y aquel educador que censure la lectura de, por decir, este poema, por los niños, simplemente está avocado a sus parámetros estéticos, con los que antaño le hicieron “entrar con sangre” desalmados y ya difuntos profesores.
El catalogar la poesía erótica, sincera o maldita como “composiciones que por su contenido y lenguaje lastiman la pulcritud y el pudor de las personas” es el leitmotiv que ha traído la muy en boga difusión de la lectura en el país. No tengo nada con las chicharritas bien educadas ni con la abejita con guantecitos. La vaca estudiosa es libre de retomar los estudios a la edad que le plazca. Pero, vamos, los niños ya no nacen inocentes. Las posibilidades de que en estos tiempos un niño herede el torpor de sus padres son nulas o remotas. Si al menos se sustituyese la lectura de los libros de literatura infantil y de autoayuda en las escuelas y colegios, por los de poesía erótica, o mejor aún, maldita, algo se habrá hecho por la niñez y la juventud.
En pleno siglo XXI, la era de las comunicaciones y la Internet, no cabe la censura de la poesía erótica o maldita. Dignos elementos de instituciones que se supone deberían avalar literatura de calidad, no deben tener el descaro de señalar con el dedo acusador tal o cual propuesta lírica “que lastima la pulcritud y el pudor de las personas”, que muy lejos de lastimar a las personas, más bien creo yo que las vivifica y las despierta de su hediondo lecho de monotonía. La literatura infantil es el peor daño que hasta hoy arrastran en sus parámetros estéticos algunas personas que sustentan sus conocimientos con el ábaco y el estilo, en pleno siglo XXI.
No me cabe en la cabeza una censura a obras, en especial literarias, escritas por noveles valores, en cuanto a que su lenguaje es duro, hermético, o ¡válgame Dios, erótico; pobres niños!. Decadentes prejuicios que todavía basan su moral en la religión del dolor. La forma libertaria de la poesía erótica, maldita, exiliada, corrompida de las más sana libertad de pensamiento crítico, no es una ofensa a la moral ni mucho menos; y su censura, el peor error de la historia que se está cometiendo. En la década del sesenta se quemaron cuatrocientos ejemplares de La ciudad y los perros, en el Colegio Militar Leoncio Prado, en Lima, y la censura de su autor por “inmoral y depravado” fue un acto decadente. Cuarenta y cinco años después del perro acto, cualquier persona ¿recuerda esa censura tanto como al escritor más brillante del planeta?. Ya hay suficiente cucufatería en las iglesias, cotidiana hipocresía, maledicencia y locura que a diario esputa la boca putrefacta de la metrópoli, como para seguir tolerando la censura de instituciones que sólo avalan propuestas literarias “decentes”.

03 julio 2008

El blanco de la obra maestra

Hay autores de los que no conozco más que su obra maestra. Y, olímpicamente, esta obra maestra niega rotundamente a las anteriores y a las que le han sucedido. “Para muestra un botón”, reza el adagio, y es así; sólo necesitamos una buena muestra del genio para que perdure por siempre en la memoria.
Leo con dificultad el Ulises, y sé que es un único Joyce el que transcurre por sus páginas. No existe un Joyce de Dublinesses ni el del sencillo Música de Cámara. Joyce es el Ulises. Sé que al leer el Ulises sólo un Joyce está en mi recuerdo, y nadie lo cambiará, ni siquiera su obra subsiguiente. En el mismo año, 1922, Trilce. Para mí Vallejo está en esa obra maestra y ninguna otra de sus obras me hará cambiar de parecer. Las obras maestras hacen al genio, hacen de su perduración y de su universo tramado estas obras maestras, única identificación con el creador, único, en esa indisoluble obra maestra.
Con el tiempo mi olfato literario es el de un pastor alemán, avanza al acecho de lo medular, de lo esencial de cada autor, en cada época. Ya no tengo tiempo de leer obras menores, de proceso, de progreso, de crecimiento, de cada uno de los autores aun preferidos de un stock determinado de autores.
Algún filósofo decía que para poder disfrutar de una buena obra literaria es necesario que existan obras mal escritas, para de esa manera establecer la diferencia. Que se sienta la diferencia en el paladar literario, que no se disfruta el postre antes del almuerzo. No me lo trago. De entre lo bueno, lo mejor. No lo mejor de entre lo malo. De ninguna manera.
Me parece que el leer obras de crecimiento, regulares o malas, es el precio que se paga por leer obras formidables. Como que en el proceso de llegada a la cumbre de un genio creador tiene que haber obstáculos que son sus libros malos.
Recuerdo que una insigne literata me dijo un día en una respuesta a un mail, que para que existan escritores buenos tienen necesariamente que haber muchas jaurías de cuadrúpedos aficionados. Qué sería de los genios sin los mediocres. Claro, es lógico, si no existieran los mediocres, la propia genialidad sería ser mediocre. Tan sabias y bellas esas palabras de reconocimiento interior. Me gusta la sinceridad, ante todo. Después de todo esta sabia literata reconocía que ella formaba parte de esa inacabable bola de animales de pezuña partida, poetas de domingo.
Lo cierto es que yo me salto los libros malos y de frente voy a los buenos. Para qué perder el tiempo con experimentaciones más o menos infectas. Basta sólo unas pocas primeras líneas para saber lo que me espera, y tiro enfadado el mamotreto. No soporto los libros malos, ni mucho menos a sus autores.
Genios o silvestres, al menos deseo que un solo libro los salve, uno solo, para saber que no han existido en vano. La obra maestra es al blanco, y la trayectoria certera de la flecha es a los ejercicios de experimentación por medio de los cuales se llega a ella. Los genios no nacen, es sabido. El proceso es arduo, duele, desgarra, desespera. Dulces frutos recompensarán nuestro esfuerzo. Escalando hacia la cúspide casi siempre se cae en el intento. Sólo los grandes espíritus vuelven a levantarse, repetidas veces, hasta alcanzar la cima.

21 junio 2008

Revista Kcreatinn Nº 3―Especial: Julio Cortázar

Textos que van de la rigurosidad académica, en los ensayos: La búsqueda como motivo en Rayuela, de Julio Cortázar, de Félix Terrones, quien actualmente realiza un doctorado en literatura en Bordeaux; y Julio Cortázar y Luis Cernuda: el diálogo poético como vector en la búsqueda del absoluto, de Chrystian Zegarra (Premio Copé, 2005); pasando por la hibridez apologética del Perfil heterodoxo de Julio Cortázar, de Fernando del Val (Finalista del Premio Internacional Ciudad de Torrevieja, 2007), cantado a varias voces en el programa La estación azul, en Radio Televisión Española; finalizando con Maga; Miércoles 12, final de la tarde y una reseña sobre el primer tomo de las Cartas, de Julio Cortázar, Edición al cuidado de Aurora Bernárdez, de Jack Farfán Cedrón; que terminan de ensamblar con obsesiva perfección este tercer número de la Revista Kcreatinn. En la próxima aparición, se encausará la creatividad del planeta hacia el método de las bifurcaciones narrativas, dedicándole un especial con un cuarto número sumamente cuidado, al genio de Jorge Luis Borges.

06 junio 2008

Presentación de la Revista Kcreatinn Nº 3 | Especial: Julio Cortázar


01 junio 2008

Convocatoria Revista Kcreatinn Nº 4―Especial: Jorge Luis Borges

El compromiso literario en esta ocasión es con un ser digno del respeto de toda la humanidad de este y de todos los tiempos: Jorge Luis Borges. Imaginemos a este tigre en acecho bajo un ocaso estrangulado por la dolorida crucifixión de la belleza de una rosa amarilla, al borde del poniente, en alguna cosmogonía gnóstica, la esfera desde donde se vislumbran uno y mil mundos, la cita exacta en determinada epifanía libresca, el libro apócrifo, la sucesión numérica cuyo cause es el universo insondable acaecido en el infinito de la noche. Qué lector no se ha quedado admirado con Las ruinas circulares o con la precisión certera de reinventar una nueva doctrina en sólo unos cuantos Fragmentos para un evangelio apócrifo, que si bien es cierto no reniegan del cristianismo, acaso imponen al budismo como una religión alternativa al dolor. La cita es con el intelecto y con la belleza de la palabra exacta, escritores de todo el planeta Tierra a punto de la devastación, la cita es con esa sensación de que el tiempo puede perdurar en un texto bien escrito, muy por encima de las diferencias, de la fama, de los premios, de la vida misma, del rencor que enceguece. A poco de caer en el sueño de las repeticiones, llegaremos a la boca invisible del fragor del río, repetidos en el sueño de nuestro mejor discípulo, siempre abominando de la cópula y de los espejos, como aquel heresiarca de Uqbar, en el memorable Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, ya que la multiplicación del número de los hombres, ergo de sus calvarios, es un eterno retorno a un karma que no merecemos. Ahí está, aprendices, consagrados, bloggers, académicos, aedas, la comprensión de un universo vasto por sí mismo: Borges. Atrapemos al vuelo esos inmortales recuerdos que hubiere recorrido el escritor argentino más admirable de todos los tiempos: Jorge Luis Borges. Su nombre traiga el sumo respeto que prestos poemas, ensayos, cuentos, artículos o textos híbridos honraran a su memoria (¡a su vasta memoria!) en sutiles, elegantes y bibliófilos raptos literarios, que a borbotones plasmen en la unánime noche. La galaxia creativa disemine su polen astral en las neuronas, el pálido gemido de un animal mitológico bifurque la comprensión de las bestias que ríen ante una lluvia de escamas doradas, la vana sucesión de los días y las noches en la desesperación de la lucidez del insomnio de la memoria: La Creación. Los laberintos conducirán hacia un estuario donde se contempla la divinidad creativa que confiere la perfección entre el Este del presente y el Oeste del pasado, los polos Cielo y Tierra en una eterna contradicción que sólo el divino estado del iluminado comprende, una lucidez cubriendo con ese ocaso con que pálidamente veía a un mundo calmado el autor de Ficciones. La memoria empieza su cuenta regresiva. Cierre de edición: 30 de Noviembre de 2008. Envíos: kcreatinnorg@yahoo.es

Jack Farfán Cedrón
Director de la Revista Kcreatinn

29 mayo 2008

El enigma de escribir

Cada vez que repetimos un verso de Dante o Shakespeare, somos, de algún modo, aquel instante en que Shakespeare o Dante crearon el verso. En fin, la inmortalidad está en la memoria de los otros y en la obra que dejamos. ¿Qué puede importar que esta obra sea olvidada?”

Jorge Luis Borges, Borges Oral


Cada mañana el escritor se levanta y empieza a teclear las letras que formarán historias, largas, medianas, o cortas historias. ¿Pero por qué hay textos que nos gustan y textos que no nos gustan, si, digamos, todos ellos fueron escritos con las mismas palabras del idioma en que fueron tramados? ¿Cuál es el ángel que dicta a los elegidos, buena literatura. Por qué los eligió a ellos y no a los otros, a los que por más que se rompen el lomo escribiendo, jamás dicen nada, jamás conmueven a nadie, jamás hacen razonar a nadie?. Es el enigma de escribir. Son las aguas mansas que en el acto de escribir se vuelven tempestuosas y azotan bosques ennegrecidos por la noche, y no hay cuándo termine la tempestad de escribir, hasta que, agotado, por fin el escritor ya vomitó todo, y está satisfecho con esto.
El escritor se enfrenta a los destinos, el escritor tiene que contar la historia de cada uno de los hombres, y a través de ella, convencer, conmover, traer a la mente recuerdos. El escritor es o no reconocido, alabado, idolatrado; en suma, recordado, según convenza o no con su historia, según sumerja o no a su propia realidad a su lector, sin más remedio que dejarse arrastrar por la historia.
El acto de escribir desenvuelve el ovillo del enigma desde el que fue concebido el genio, que es un proyecto que ya tenía Dios en mente, aun antes de haberlo pensado. Escribir es un mecanismo de traer recuerdos o hechos ya vividos; es avizorar el porvenir, o hacer presente el pasado, como en un cuadro, que algún día fue presente, pero que cuando se lo aprecia es siempre pasado, pero también presente. Un cuadro de palabras.
Para Vargas Llosa el acto de escribir es una manera de hacernos menos desgraciada la vida; de hecho escribir nos hace felices. Imagino a los escritores levantándose, o aún antes de levantarse, pensando, tramando el poema o la historia que escribirán mañana, que será quizá un ejemplo de cómo no sucumbir ante la rutina que los agobia. Hemigway en El viejo y el mar relata el episodio de la persistencia, de la terquedad, de vencer los obstáculos, aunque haya que perderlo todo, aunque haya que tirarlo todo al mar, aunque se llegue calato, herido, a punto de morir por el cansancio, pero siempre se llegará con el trofeo, que es, metafóricamente hablando, el fruto de la escritura. Hemos vencido la batalla, somos el único héroe en la playa desierta en la madrugada, bañada por el mar que ya está tranquilo de habernos probado qué tan persistentes éramos. Somos el único héroe que llegó con un esqueleto de pez a una playa desierta, y en ningún momento pensó en dejar a su pescado, a su trofeo; en ningún momento sintió miedo, más bien coraje ante la insistencia de los obstáculos. Venció la furia, venció la terquedad; venció el darlo todo sin esperar respuesta por ese esfuerzo. Importó el proceso, más que los meros resultados. Importó el acto mismo de escribir, el enigma de escribir.
A menudo los escritores no trazan esquemas para dar preceptos en sus historias, o magnánimos ejemplos de moral. Las buenas historias no son morales o inmorales, son sólo buenas o malas historias –anotó Oscar Wilde–; son ejemplos que toman de alguna manera experiencias vividas, que amalgaman con la imaginación, con la destreza del acto de escribir, en mayor o en menor grado, dependiendo de la naturaleza de la historia que queramos contar, del genio literario con que nos desenvolvamos, ese enigma que poco a poco se va descubriendo en sucesivas historias contadas, y que da cuenta del acto de escribir y del enigma que ello encierra.
La única razón de escribir, el único motivo secreto de escribir, la acción amada de escribir, tal vez sea el placer de pensar en silencio sin más sonido que la pluma surcando el papel, o las teclas de la máquina de escribir, o el ordenador apilando, como en una casa, cada ladrillo que en su conjunto vendrían a formar la arquitectura de la historia. Escribimos para ser felices, para no morir de inanición ante el mundo que sucede allá afuera, y nosotros no podamos hacer nada porque no sabemos hacer otra cosa que escribir y escribir. Escribimos para pensar en secreto, para exorcizarnos poco a poco; para al final llegar puros, resplandeciendo de luz, sabiendo que hemos dejado lo mejor que pudimos dejar, sabiendo que hemos dejado lo que mejor supimos hacer, y lo hemos dejado siendo felices en cada uno de nuestros fugaces días en que no dejamos de escribir.
Cada mañana el escritor no se pregunta por qué escribe, no cuestiona la moral de sus personajes, ni la moral de las ideas o concepciones del mundo que urden sus personajes, que finalmente son las concepciones de él mismo, sus ideas, sus sueños o desesperanzas, como si ante ello dejáramos la piel que ya se tiene que mudar, y nos renováramos y sintiéramos el aire más puro, el agua más pura, la realidad más real y por ese hecho de ser más real, más mágica. Después de haber culminado nuestra propia historia, real o irreal, mística o terrorífica, sucia o pura, clara o hermética, nos sentimos como en un sueño relajante y detenido. Hemos descifrado el enigma.
El escritor no piensa en ser famoso o en ganar tal o cual concurso de muertos cuando escribe, ni mucho menos piensa en ser reconocido, o idolatrado (me refiero al buen escritor), porque los concursos son para escritores muertos; porque escribir para un jurado conformado por cuatro gatos que no determinan el gusto de un millón de individuos, de un infinito de almas que juntas a la vez sienten toda la historia, es haber renunciado a nuestros principios como escritores. El escritor escribe para toda la humanidad, no para cuatro jurados de un concurso de muertos. Más bien escribir por el gusto de escribir, eso sí que es placentero. No para que mi obra sea aceptada por un editor de literatura light o chicha, plagada de jergas, de sucesos triviales que no perduran en la memoria más que por el momento en que se la leyó. No escribimos para nadie en especial, sí para un universo de lectores; no pensamos en nadie durante el enigma de escribir, durante el acto que nos santifica día a día; escribimos sólo para disfrutar de un trance mágico que nos acompaña desde el principio hasta el final de la historia, y si esa historia gusta, enhorabuena; si no gusta, a escribir y escribir más.
Creo que vamos siendo felices hasta que el sueño ficticio termina, y somos otros, pesamos menos, somos más leves, más santos y hasta una sonrisa escapa de nuestros labios. Cabría comparar la escritura con el acto de amar a una mujer. Pero ¿qué es lo que queda después de los restos del amor o del acto de escribir? Quedan sólo recuerdos placenteros, divinos, de ensueño; es como si no quedara nada; es como un soplo que todo se lo ha llevado, como el primer soplo que nos trajo al mundo. Es el enigma de escribir.
En: Kcreatinn, Año II, N° 2, Cajamarca, I semestre de 2008

25 mayo 2008

DIÁLOGOS BORGES/SÁBATO, compaginados por Orlando Barone

El viejo reproductor hace girar el cassette en donde quedan grabadas las voces de dos mentes lúcidas: Borges y Sábato. Por común acuerdo, obviaron la política en estos diálogos, la mayoría acontecidos en la casa de la pintora uruguaya Reneé Noetinger, amiga de ambos, mientras en el edificio de al lado moría la mamá de Borges. Alguna vez también se dieron cita en un bar de Maipú y Córdoba, rodeados de incrédulos espectadores.
Sábato dijo que los periódicos deberían salir cada año o cada siglo, ya que no ocurre nada importante en las noticias que se dejan leer en ellos. Borges acotaba al respecto que los periódicos envejecen tan pronto como ya se los ha leído, que no empleaba su tiempo en leerlos y que la política no era de su interés, ni la última literatura latinoamericana. Borges no era muy aficionado a la música contemporánea, pero alguna vez le hicieron escuchar The Beatles, con lo que quedó enternecido. Para Borges un cuento no debía señalar nombres de lugares reales, para que los lectores no cuestionen o encuentren errores en la obra. Una emoción intempestiva desencadenaba un cuento –confesaba–, como en esa precisa economía verbal que exige La Poesía; en cambio Sábato veía en la novela –como Joseph Conrad–, a un África remota, a la que había que ir desvistiendo con el avance de una barca en las oscuras aguas de un mar intranquilo, como separando de los ojos la niebla. Sendos juicios del mecanismo de escribir de los dos argentinos más notables que la humanidad ha producido.
Alguna tarde de sábado en que la madre de Borges contaba ya sus últimos días, a los 98 años, ambos escritores desvanecían su congoja, como un llanto de palabras que se deslíe en atmósferas de sueño, en el viejo recinto donde la copa de agua parecía esclarecer el enigma de Dios en Borges, y el vaso de whisky de Sábato rememoraba un letargo de palabras dulces, donde un loco podía ser un Dios que sueña despierto, y un mendigo una persona despierta que lamenta ser cuerdamente mundano.
Siete sesiones pactadas por Orlando Barone (Buenos Aires, 1941) –el compaginador del volumen–, hacia el verano de 1974/75 –Borges contaba 75 años, Sábato 63–. El libro se editó por vez primera en 1976 (Emecé) y en poco tiempo agotó una primera edición de 10 000 ejemplares y dos ediciones continuas. Veinte años más tarde una reedición llegaría a nuevas generaciones de lectores. Una nueva edición circula desde marzo de 2007.
Aún parece girar en el recinto el reproductor de cassettes antiguo, aun para la época, como evocando ciegas conversaciones que suceden a un infinito de citas célebres. Obsesiones, lecturas comunes y reflexiones en torno a la idea de Dios, el arte, el tango, pintura, cine, la muerte, la lúcida locura. Una empatía comunicativa poblaba el ámbito de las conversaciones, esa serie de diálogos signados por la divinidad cabalística del número 7; diálogos de los que han dicho contados insensatos, que fueron inventados, mas cuando uno se compenetra con el tomo, reviven las lúcidas voces de estos dos seres míticos, que como dos almas flotarán al encuentro de sus palabras inmortales.

*Referencia bibliográfica: Barone, O. (compilador), 2007. Diálogos Borges/Sábato. Emecé Editores. Buenos Aires-Argentina. 216 pp.
En: Kcreatinn, Año II, N° 2, Cajamarca, I semestre de 2008

23 mayo 2008

Entre el genio y el artesano

Cada hombre, al nacer, parte de la proyección de Dios de ser cada uno por sí solo diferente; se trata de un milagro único e irrepetible: . No existen los clones, artísticamente hablando. Ha habido ya un experimento de clonación exitoso, antes del inicio de este siglo, la famosa oveja Dolly. Pero cada ser es único. Si la ciencia lograra perfeccionarse replicando idénticamente a otro Serhumano, en un desarrollado clon, es el hecho de que cada uno de estos clones respire en diferente momento que el otro, lo que los diferencie; piense diferente que el otro; que no gesticulara al tiempo que su igual. Ya se trataría de otro ser diferente, muy a pesar de la ciencia, el supuesto de dos réplicas humanas. Artísticamente hablando, no existen dos entes iguales; muy por el contrario, y para salvación nuestra, sí unos cuantos genios que hacen la diferencia entre millones de corderos clonados hacia el abismo de un modus vivendi cotidianamente establecido. La diferencia milagrosa, cada cual única por sí misma, que rubrica la historia de la humanidad, a lo largo de todos los tiempos, es la que cifran unos cuantos genios, firmando la diferencia en la historia de los hombres, distándose así de los clones-millones de seres humanos. Pero los genios son pocos, son los que desarrollan más su capacidad científica o artística; de hecho su cerebro es más grande que el común de las personas, física e intelectualmente hablando. La diferencia entre genio y artesano es que el genio sabe que es genio, desde que nace, en cambio el artesano sabe que es artesano y sigue siendo artesano porque su pequeña voluntad de artesano no le permite pasar la barrera de la grandeza. El genio crea, el genio recrea también y parte de otras obras de otros genios para hacer una nueva obra que trasciende igualmente que la obra que lo antecedió, y hasta a veces más. El genio ya ha trascendido la técnica y lo accesorio, el genio llega a través de su obra que por el hecho de provenir de un genio, es un milagro, un develamiento de la luz, una tranquilidad y un sosiego para el alma. El genio es pleno, el artesano es común y corriente, y aun tratándose de que ambos son un milagro irrepetible que ha traído al mundo el Creador, el genio ha desarrollado plenamente sus capacidades y nunca se pone límites porque sabe que el cerebro es tan grande como sus pretenciones de grandeza. Un ladrón, memorioso ladrón que continúa la labor de otros genios ya desaparecidos, el que a partir de una obra con algunos detalles que no la hacen perfecta del todo, crea con el soplo de su arte, un milagro, una luz redentora que niega al tiempo y al espacio, decidiendo así que el individuo que la contempla estupefacto sea también ese genio que ha creado el milagro deslumbrante. El genio es también esa fuerza propulsora capaz de llegar a Neptuno, al fin del mundo inclusive, al que va y viene sin ningún problema. El artesano imita, el genio trasciende. El genio está parado esperando llegar a la tortuga–artesano, la tortuga-artesano suda más de lo necesario para crear lo que el genio crea en tan sólo unas horas, sin muchas gotas de sudor. Pero el genio también es paciencioso y obsesivo, patológicamente obsesivo, pero sabe adónde quiere y debe llegar, y la eterna perorata de los críticos jamás dará término, mientras que el genio ha empleado poco tiempo, el necesario, para construir su obra maestra. Muchos genios se han perdido entre la masa porque su débil voluntad los ha convertido en seres normales. Eso demuestra que el genio sin ímpetu, puede convertirse en un artesano. La extravagancia del genio es a la ridiculez del artesano. Cuando el genio hace reír con sus ocurrencias, el humilde artesano es rehuido por impertinente y vacuo. Lo que el genio dice es célebre, lo que ladra el perro-artesano bullicioso es irritante. Al genio todos lo rodean o bien lo rechazan, al genio también le tienen miedo y lo aíslan de la sociedad; su naturaleza de genio ha llegado a los límites que sabe su espíritu, de no compartir perlas con los cerdos. El genio es el Yo, el artesano es el nosotros, fríamente repetitivo, ‘clonado’. No hay nada colectivo si se quiere trascender con una obra de arte. Libros, pinturas, esculturas, sinfonías, palabras divinas, todos esos milagros producidos por los genios, casi nos aseguran que el genio es uno solo, es Dios, la salvación, el camino a seguir, el sosiego del espíritu, la gruta sagrada. Los genios dan grandes muestras de su ego, y eso es un síntoma de que irradian amor empezando por sí mismos, genios divinos, todo en ellos es comprensible, hasta su mal humor. Pronto sacan del sombrero un conejo, luego una estrella, mago de las constelaciones, salvación plena del espíritu, plena satisfacción del alma, del corazón, los ojos, del todo, genio y figura, desde que nace hasta la sepultura. Sin los genios el mundo sería diariamente gris e igual que una línea recta, sin los genios quizá el mundo fuera sólo un artificio, tan sólo una ecuación que cuadriculadamente resolviera otro dios que no conoce los milagros.

Cita

—“Genio y figura hasta la sepultura” (Cervantes)

17 mayo 2008

Mister bloggers

La monótona fórmula de cómo escribir un artículo, según los articulistas, signada por su cerebrito como una proeza literaria, es repetir cual papagayo lo leído en los libros, y con un poquito de ayuda del amansa burros, (hoy el DRAE, para los bloggers) pues tenemos como por ensalmo una especie de sancochado léxico no sin una pizca de moralina decadente, el patético esfuerzo por lucir al lírico sonsonete de un par de redondos lentecitos con cadenita de oro, su erudición adquirida en las consabidas lecturas en su pueblecito, precario esfuerzo que más que engalanar el texto literario, no es más que un caer en la cuenta de explicar todo, explicar la vida del autor de tal cita célebre, tal o cual pensador dijo esto, ergo es deducible que. A propósito, Cortazar decía que aparte de los buenos sentimientos, también del buen periodismo surgía la mala literatura, yo diría, la espantosa tarea de explicar ante un atento auditorio de seres bibliofóbicos o con el hemisferio derecho del cerebro paralizado ante tamaña erudición. Ya avanzadas las tres cuartas partes del textículo en cuestión ―de no más de una cuartilla―, los breves tips de autoayuda abundan, y, sinceramente ya me han hinchado la bola izquierda y la derecha está a punto de reventar. Una manera de protesta contra este material reciclado o columnas periodístico-literarias, léase blogs de aficionados, crónicas, entre otros menesteres, es haber tenido a bien incursionar en el mundo bloggero, con mi biliar: “El Águila de Zaratustra”, ya que por común y lúcido acuerdo entre este pechito y yo, he optado por el raje sistemático de todo cuanto existe ―que merece ser desenmascarado― y lo inerte que existe ‘por las huevas’, además de la filosofía alpinchista del “piensa siempre mal y acertarás” y la espada de dos filos del ángel o demonio propugnando la Nietzscheana filosofía del martillo. Y de certeza vivo hoy (me salió como una oración). Recién hoy lo percibo cuando a la vera de una cincuentena de textos híbridos dispuestos en formato digital, (y debidamente registrados en el Indecopi) he llegado a la conclusión de que no fue ‘de chiripazo’ lo que me salvó de un burdo émulo de periodista aspirante a escritor leído por un no muy significativo universo de la familia y sus amigos, sino la disciplina, muy escasa en los autores de tales mamotretos. La cosa no es tan mala; creo al menos haber despertado las conciencias, las albas conciencias que ni bien pisan el asfalto se les impregna el smog de las ciudades, o la inevitable lluvia pálida del sueño del cansancio que se cría en las oficinas y en las calles donde ya nadie se mira. Para artículos basta con las noticias. Por mi parte continuaré como hasta hoy he escrito. A estas alturas de avanzado el tomo cibernético, creo que ni en New York me ignorarían tanto como en mi propio país, mucho más, en la escena bloggera que tanto prestigio ha alcanzado. Pero para todo hay remedio, es así que en la Web es un hecho que alguien no me ignora (no necesariamente algún blogger ‘copy & paste’).
Los diarios, es sabido por Borges, no deben existir, por lo efímero de su naturaleza, periodística. Hoy, más bien los blogs son las herramientas que han tomado la batuta. Y hay cada blog, ¡mi madre!; sólo en mi ciudad hay unos trescientos, y no anoto cuántos hay en todo el mundo por no caer en lo ya dicho.
El asunto este de los blogs favorece al autor nato, al provinciano, al impublicable, al rechazado por todas las revistas y concursos, equis autor con futuro, cuya corona de laurel es un signo de interrogación o la inevitable fatiga del oficinista que escribe ‘en sus ratos libres’. De donnadies han pasado a ser bloggers más o menos exitosos, de mediana monta, como dicen, y de blogger a productor sistemático de literatura-basura hay sólo “esa delgada membrana que diferencia al genio del idiota” ―mucho cuidado con eso―.
La idea de crear un artículo, textículo o texto híbrido es deliciosa cuando esas lecturas de obligatoria adquisición pasan por el riguroso crisol de trazar nuevos lineamientos del conocimiento, parir algo nuevo, no caer en la espantosa serie de repeticiones, teniendo como fuente el invalorable legado que proporcionan los libros, la tecnología, las experiencias vitales. Como ‘puestas en pampa’ nuestras creaciones o divertimientos bloggeros deberían emerger desde el inimitable toque personal, enemigo del zángano, inmoral y alevosamente delincuencial ‘cortar y pegar’ que tanto plaga en la red. Huelga decir que los artículos casi nunca dicen nada cuando dicen algo que es irrecordable, precariamente deleznable, y dicen algo irrecordable cuando no dicen nada, o sea siempre (valga la cantinflada). Estaríamos hasta este punto del texto, tratando de salvar el mero acto creativo, aquel consistente en una primigenia y personal filosofía, la idea que perdura, la frase práctica, útil en determinado momento de la vida. Aunque no te recuerden, al menos recordarán lo que has escrito (¿ya he leído esto?)
Como que hasta aquí surge un reto, el de transformar la información al servicio de la propia filosofía del articulista, para elaborar un juicio ‘con conocimiento de esencia’ aunque muy a nuestro pesar sin aparente conocimiento de causa, de surreal inconsciencia, si se quiere. Quedan segregados de este reto los diarios, las revistas marqueteras, los redactores de tarjetitas Hallmark, entre otros gusarapos de pozo, cuando no los redactores de discursos de plaza soleada un domingo, con banda de músicos integrada por cachacos enanos, ante las atentas y satisfechas miradas de espectadores remoliendo galletitas de vainilla con gaseosa y gorrita de cortesía, en ameno desfile pom-pom-pom.

07 mayo 2008

Reconocimiento Indecopi, Mayo 7, 2008

El poeta Luis Hernández ironizó: “Los laureles se usan, en los poetas y en los tallarines”. Felizmente que en este reconocimiento otorgado por el Indecopi, el símbolo que rinde tributo al ego de los premiados no es una corona de laurel. Más bien esta institución premia el respeto que se tiene un artista que valora sus composiciones tanto fonográficas, de marca o literarias. El respeto del artista en el Perú está en desmedro, dado que ni el 1% de ellos ven al arte y mucho menos a la literatura como un trabajo serio y disciplinado, tan digno como palidecer durante ocho horas en una oficina.
Es para mí un honor recibir este reconocimiento por parte de una institución seria como lo es el Indecopi, que no da laureles sino más bien alicientes para seguir perpetrando más libros, aun en el aciago entorno cada vez más plástico y banal.
A trece años del oficio como escritor, se me antoja muy lejana la idea de “tirar la toalla”. A estas alturas, mi credo de cada mañana es escribir y escribir por lo menos un par de páginas al día, y leer unas doscientas, para así poder ser digno de confesarle a la almohada cada noche mis proyectos que se van haciendo realidad en el umbral de la madrugada.
Vengo trabajando un vigésimo tomo de poemas, uno de Textos híbridos: El Águila de Zaratustra, y mi Diario, que amenaza despuntar el millar de páginas para fin de año.
Está demás decir que la disciplina se alcanza a paso lento pero seguro. Hasta hace cinco años me dividía arduamente entre terminar una carrera de ingeniería e ir arrastrando las inevitables letras en los micros, en el trayecto a la universidad, o en plena clase, entre insomnes rostros desapareciendo en la ruta de la irrealidad, de esa divina fruición nació Pasajero Irreal, en 2005, mi primer fruto literario; ese mismo año apareció Vironte; y como una lluvia precisa cayeron luego las modestas plaquettes Cartas, Ángel, Las ramas de la noche y El leve resquicio del amor.
Ahora, el tiempo que diariamente le dedico a la literatura no es menos de dos horas, y creo que este tiempo irá en aumento según la magnitud del proyecto literario en el que me embarque. Vargas Llosa escribe seis horas diarias; Jaime Bayly, cuatro. No he sabido de celebridades que no hayan tenido un horario riguroso para escribir. Hubo genios ejemplos de perseverancia y terquedad, que han trabajado hasta la incosciencia; cito por ejemplo a un Honoré Balzac que llegaba a veces a escribir hasta dieciocho, cuando no veinte horas seguidas, para lograr su cometido: la perfección.
Aunque suene anti-modesto, los escritores, todos buscan la posteridad, conscientes o no de ello, más aun que el dinero, porque éste último no da ni la más mínima pizca de satisfacción espiritual, que es la única satisfacción en la que se sintetiza al final el acto amado de escribir. Muchas gracias.

01 mayo 2008

Le surréalisme

A medida que el arte ha ido evolucionando nos hemos topado con los movimientos vanguardistas. El padre de todos los vicios es el surrealismo, surrealidad, pararrealidad o alteración de la realidad por el motor onírico del cerebro que en sus caprichos más avezados e inmorales trastoca el curso normal de los actos cotidianos, y hasta hoy, en contaminante marea, sigue tirando a la playa del arte los más disímiles engendros.
Algunos creen que ser surrealista es ser un loquito incomprendido que viste diferente, que pinta diferente, que escribe o actúa y opta poses ‘diferentes’, que piensa, lo hacen verse diferente a los demás ‘diferentes’. Todo el mundo surrealista quiere parecer lo que no es o ser lo que no parece ser. Los poetas, especialmente, son surrealistas en toda la expresión de la palabra. Cuando dan recitales, un aura de ‘divinos’ los rodea. A menudo acuden al encuentro de ‘pavos irreales’ con ropa negra y rostros trasnochados, optan por colocar la mano en el mentón, una variante vallejiana que les da un aire de librepensadores fatigados, mientras esperan que las cuatro personas llenen el recinto. Viven en la poesía, son poetas en la más pura expresión de la palabra. Sus locuras nocturnas los llevan a cantinas de extramuros, donde lían porritos y consumen ingentes cantidades de matarratas. La proeza de los poetas malditos de beber absenta, es para los actuales surrealistas el dignísimo émulo de beber un trago de dudosa procedencia. Es que son ‘surrealistas’, raros especimenes que sólo se los encuentra en fantásticas madrugadas de jolgorio intelectual, en una lluvia de frases y contentamientos que sólo bajo esos efectos discurre, un aura mágica de las que nunca. Y lo mejor de toda esta escena son las extrañas hembritas que acuden a estos recitales o eventos afines. Ostentan un aire intelectual de esos. Al término de la función cierran filas en el círculo de los intelectuales, asienten al lento pasar de un vino barato, y fuman atrayendo un pasado bibliófilo que cita a Breton como quien lanza un avioncito de papel en una pinacoteca. A veces, surrealistas intelectuales, escriben cadáveres exquisitos a cuatro, a 8 manos, y al leer el fastuoso resultado vomitosamente ágrafo, se enorgullecen de haber estado bajo los efectos de no sé qué cigarrito o qué caga líquida. Prenden los celulares y se fotografían, se firman sus ejemplares ‘caletazas’, que conste en el acta de nuestra vida escandalosa, que así somos los surrealistas.
Llega al hecho desesperante recordar viejas anécdotas de este tipo vanguardista de idiotez. Las locuras que hacía Dalí, iban de la mano con su genio, lo acepto, pero sus burdos imitadores no son más que ridículos, que ni siquiera llegan a la categoría de locos, porque Dalí mismo lo dijo: “La única diferencia que hay entre un loco y Dalí es que Dalí no está loco”. Los surrealistas actuales tampoco están locos, porque si estuvieran locos no harían el ridículo. Lo bueno es que hacen el ridículo y sólo ellos lo saben, porque la gente normal no asiste a este tipo de esperpentos.
Es un hecho que toda pose, toda imitación, no deja de caer en el completo ridículo. Fabricantes de cadáveres exquisitos, de obras de arte ‘diferentes’ que nadie comprende porque son simplemente nada, intelectuales incomprendidos que cierran las filas de los loquitos ‘diferentes’, grupitos de artistas que bajo el influjo surreal se escuchan a sí mismos hablar o leer sus adefesios, son el ejemplo más claro de que esa antediluviana corriente vanguardista aún sigue con el rabo metido en la mesa del arte. Toda imitación de esa limitación cerebral llamada surrealismo, es un claro ejemplo de que la estupidez puede llegar a los insospechados límites de lo hilarante. Sus fundadores y lúcidos representantes deben estar purgando una culpa que jamás se perdonarán a sí mismos: el haber influenciado a tanto imbécil que bajo el velo surreal da más cólera que risa.

23 abril 2008

B Í O

Jack Farfán Cedrón ha ensayado en veinte libracos de liróforos raptos grafomaníacos sus desmedros esquizoides, de camino hacia el calvario del amor, la ruta invisible de la muerte, la certeza de abismo de la existencia, la ley del absurdo subsiguiente al grito impune de lo que empieza. Algunos de estos tomos se van volviendo cada vez más invisibles en los estantes de algunas librerías, y muy a pesar de sus insignes y fallidos intentos de ganar algún concurso de muertos, cada vez más se aproxima vertiginosamente a la perfección del encuentro con su persona al perpetrar antes del segundo toque del ángelus su Diario, disímil armatoste literario que por ahora pergeña, tomo que recoge en ávidas fauces poéticas la diaria y disciplinada tarea de escribir, una visión y filosofía personales del mundo permanentemente caótico e incierto, no sin mágicos recuerdos de musarañas fantasmas, a lo largo de sus cientos de sinceras páginas que crecen y crecen como un cáncer benigno. A dos años de haber colgado la capa negra de poeta diletante, ha descubierto que sólo el sudor engendra páginas de regular calidad literaria, y muere cada día en el intento de aventurarse hacia su propio interior, cada vez más palpable, acto seguido de una lluvia maravillosa de palabras, instante en el que expira cada día.

01 abril 2008

Homenaje a la madre

Un merecido homenaje a la madre el que se me ocurre a mes y medio de su día, internacional. Abnegada, sacrificada madre que te entrometes en la vida de tus hijos. Gracias a tus sabios consejos, hoy existen muchos tarados que a sus treinta y cuatro años viven hasta ahora en tu seno, bajo tu protección y la cháchara jodienda que cada día, del alba a la noche ratatá, ratatá ratatá los gritos, metraca taladrando el seso, hasta más no poder, a grito pelado los gritos. Mejor hubiese sido que me quede tranquilo en el manicomio, sin ratatá ni quejidos que ya me tienen con una bola hinchada y la otra por reventar. Ratatá ratatá ratatá la metralleta como desayuno en la jodida cabeza que quiero estrellar en una pared. Desde las seis de la mañana ratátá ratatá ratatá la metraca jode y jode en el desayuno, en el almuerzo, y cena. Que si salgo a la calle, malo; que si escribo, está mal; todo está mal, hasta el haber nacido, creo. Si digo blanco, ella dice negro; si digo negro, ella dice blanco, vaya la con…
Abnegada madre, un merecido homenaje, te rindo hoy, primer y podrido día, primer vomitado e infecto día de Abril, el mes más cruel.
Estoy por colapsar, ya estoy recogiendo mis cosas para irme directo al Larco Herrera, ahí por lo menos cada quien hace bulla por su cuenta, pero nadie viene a quejarse ni a joderte el día o los sagrados alimentos.
Las madres tienen el instinto de maternidad, el dulce instinto también de las víboras que se tragan a sus crías con una santa frialdad enternecedora de mandrágoras en las paredes de los abismos.
Tierna madre, santa eres en verdad por escuchar Radio María, cada mañana y envinagrarme; santa madre de todos los vicios y de las incapacidades de un bribonazo que no puede ganarse los frejoles. Te agradezco haber creado a un artista, a un loco sabio en potencia, incapaz de ganarse la vida por estar metido en la literatura, y en la concha de su madre. A la larga, no sé cuándo va a terminar todo esto, madre. Gracias a ti estoy vivo, más vivo de lo recomendable y a la defensiva, como para no ser bien visto o rehuido por vago, por poeta.
Las madres condenan a sus hijos. Creo que les harían un bien parirlos o cagarlos y regalarlos al mundo o a la crueldad de unos brazos lascivos, para que su instinto de protección y de cuidados intensivos no los haga idiotas, incapaces, afeminados, rosquetes, delicados, homosexuales y putas, asesinos que cada noche sueñan mamándose una verga; por eso matan, para aliviar su mariconada reprimida.
Madres de todos los vicios de los hijos incapaces de ser padres, madres incapaces de dar lo mejor de sí mismas porque no se han podido desprender de su instinto de mujeres, hechas para joder y para “joder”. La jodienda es la única que los salva.
Causa, ¿tienes una mujer? Bien, te felicito, ¿jode?, si no jode preocúpate, causa, porque quizá no te has dado cuenta que lleva una tremenda sorpresa entre las piernas. “La mujer que no jode, es hombre”, escucho en las cantinas, abarrotadas de patas emborrachándose para librarse del hogar donde hay madres o esposas nacidas especialmente para joder, máquinas de joder y también de “joder”; joder y “joder” hasta el final de sus días.
Quiero ver perseguir a los esposos atormentados, a los hijos atormentados con un cuchillo, verdes de rabia para asesinar a sus esposas, a sus madres; quiero ver la destrucción de los hogares, quiero verlos sin esposas ni madres ni abuelas, libres, hijos libres, maridos libres, huérfanos libres haciéndose a duro golpe con la cera de la intemperie, con el magma de la vida que sucede sin ninguna protección, sin madres, sin esposas ni hermanas solteronas.
Que yo sepa, Jesucristo no necesitó nunca a María; es más, creo que sólo lo vio nacer y jamás lo crió, porque sino no se hubiera originado la comedia de la crucifixión, ni mucho menos la redención.
Me voy, cojo mis cosas en este Abril, el mes más cruel, en un mundo con plagas madres y esposas y hermanas; me voy al Larco Herrera o a una cueva o al río repuntando, o a la mismísima mierda, para que me traguen las aguas negras o una desgracia o una letrina, o el mismo infierno si se quiere. Que me trague una piscina de vómito, ahí estaré más feliz, de seguro, sin madre, sin gritos, sin consejos, que los consejos entran y salen por las cagadas orejas, salen y se los lleva el viento.
El hombre debe ser cagado por una madre y vérselas solo, a la intemperie, al fuego, a la mierda misma, sin madres, y ya hombre, sin mujeres, que todas sólo joden y joden y “joden”. Crasso error el haberla arrancado de una costilla de Adán, crasso error, Barbón querido; la mujer no cuenta para ninguna historia un poco cuerda.

14 marzo 2008

Convocatoria Revista Kcreatinn N° 3 Especial: Julio Cortázar

Los dos primeros intentos de la Revista Kcreatinn han sido una deleitosa miscelánea creativa. Nos hemos solazado en ello, pero queremos agudizar nuestro esfuerzo creativo desmembrando textos, artículos, ensayos, poemas, textículos, híbridos, relatos, frases célebres, etcétera, del cronopio gigante: Julio Cortázar. Queremos que los amantes de las obras del autor de Rayuela, que también conformara el boom en los años sesenta, hagan memoria o escindan los caminos que dejó en breves tomos y otros no tanto. Ello es simple, es la tarea más simple y agradable que harán en su vida. Recuerden las ocurrencias de la Maga, la seriedad de un Holiveira, la zoocría de mancuspias, o las ocurrencias de unos seres pequeñitos llamados cronopios, que adornaban con plumas los paquetes de correo y regalaban globos amarillos, y a su contraparte, los famas. Las instrucciones para subir una escalera, el caracol Osvaldo, los ríos metafísicos. O asistir al denuncio de la mina de piedras de hule. Un trombón solapado en volutas de humo, mientras atrás un azul surca un día anegado. Lo poético, lo trascendente, lo confeso, lo lúdico, lo erótico, lo surreal, lo hilarantemente elegante. La corriente de su poesía sobre el sena, los zapatos mojados y el paraguas abandonado en el parque. Otra vez la Maga, arrullándolo como a un duende bien educado. Hay mucho que reinventar sobre el gigante argentino de uno noventa y tres centímetros, de una creatividad sin medida. Queremos convivir esos momentos cortazarianos que nos deleitaron y llenaron las horas muertas, en este tercer número de Kcreatinn. Ante todo, experimentación, sin caer en el absurdo. Evocación, misterio, jazz, y una eterna adolescencia para recrear un número sin precedente a partir del vivo recuerdo de uno de los clásicos de la literatura latinoamericana de todos los tiempos. Sabemos que su literatura, más que un mundo, es el descubrimiento de otros mundos, que sus lectores han sabido, saben y seguirán comprendiendo cada vez que releen sus impredecibles y poco serias páginas antiliterarias que se deslizan en las horas. Cierre de edición: sábado 31 de mayo de 2008. Envíos: kcreatinnorg@yahoo.es

Jack Farfán Cedrón
Editor de la Revista Kcreatinn

12 marzo 2008


"Yo soy siempre el mismo desconcertado cronopio que anda mirando las babas del diablo en el aire, y que recién a los veinte mil kilómetros descubre que no ha soltado el freno de mano." [Julio Cortázar, Cartas, T1]

21 febrero 2008

Imagen: Agathon y la corona de laurel, en: www.reproarte.com

"Los laureles se usan, en los poetas y en los tallarines".[Luis Hernández]

15 febrero 2008

Revista Kcreatinn N° 2

El segundo paso en este escabroso mundo literario. Hay tres tipos de héroes para el común de la gente: los bomberos, los mismos héroes patrios y los escritores. De los tres el menos cuerdo es el escritor, y dentro de este heroísmo, el más descabellado es el de fundar una revista. No sólo la hemos fundado. Y que no se crea poco cuerdo el diseminar conocimiento. Deben ver para creer en nuestro segundo paso, que persiste, como los cactus en los cerros. Nuestro curso en el camino ya puede vislumbrar un feliz ocaso. Todo lo que se hace bien, con disciplina, con esperanzas, con ciegas esperanzas, las que se tiene en el Perú en torno a la literatura, se concreta de manera eficaz a través de la persistencia y el trabajo. Así lo demuestran: Una falda azul mojada bajo la lluvia, relato de Javier Farfán. En Místico Valente, Fernando del Val consagra de manera magistral al poeta español José Ángel Valente. El mito de Narciso, no ausente en los artistas, se ve alegorizado en este segundo número por el texto de María José García, una suerte de relato, ensayo, y artículo: Otoño en mi ventana o el discípulo de Narciso. Carlos Cerda nos hace ver lo necesaria que es la literatura como “una posibilidad de cambio”. En Poesía van textos de Teresa Soto González y Fernando del Val. Y por último Jack Farfán nos acerca al Enigma de escribir y nos reseña la última edición de los inmortales Diálogos entre los dos máximos representantes de la literatura argentina: Borges y Sábato; así, develamos ante ustedes el segundo número de la Revista Kcreatinn. Una provechosa lectura.
Puntos de venta: Librerías: Fénix, El Capillo, INC, Álex y Amazonas. O al teléfono 365816.

12 febrero 2008

Qué suave me decías “amor” en aquel sueño

para m

Qué suave me decías “amor” en aquel sueño.
En la oscura soledad de mi cuarto tanteo mi
viejo cuaderno universitario para, a tientas,
sellar el beso amado en estas líneas, amor
suave, amor mío.

Sentada en tu trono, reina, me mirabas con
una ternura que hacía temblar mis bríos.
El alcohol reptaba y nuestros ojos seguían
creciendo su filiación con las extremidades
atrayendo su calor entre sí, desde lejos.

Recia guerrera de ojos rasgados, blanca,
turgente, con dos alas de cuervo a cada
costado de la línea media que separaba los
dos hemisferios de tus ojos vivaces y mudos,
pendiendo, aretes cósmicos, del manto oscuro
de tu pelo, bajo el que duermen los hombres,
rendidos bajo su noche, las dos alas de cuervo
de tu pelo.

Cómo, despacio, me arrastras y me hablas
confundida, diciéndome un retazo de tu vida
en lo alto de una colina con un lago que
irradia luz a nuestros rostros amados.

Estoy cerca tuyo, llovido recuerdo.
Te respiro muy cerca, confundiendo
mis dulces palabras con tu pequeña sonrisa.
Cerca tus labios, cerca la respiración
contenida de tu boca, el rojo estribor
dentro del pecho ardiendo, ardiendo.
Me despiertas un hambre incestuoso,
Diosa del bosque, a un toque de tu aliento
llego al milagro de tu corazón de fiesta.

Sucedida una tarde en que repentinamente
un ala negra de tu pelo cubrió mi enjambre
enamorado, y fría, salvajemente una esquina
nos separó del bosque encantado del amor,
cuando tú decías que hay personas que muy
tarde aperciben ser queridas. A otro sol con
esas declaraciones tardías, a otro sol, amor,
—me decías, y me dejaste en esa banca de
traquita, contigo aquí, amor mío, contigo
y con la incestuosa impresión de tus labios
turgiendo su última palabra, cerca de los míos.


Cajamarca, 9 de febrero de 2008

29 enero 2008

El susurro de la mujer ballena, de Alonso Cueto

Los dos personajes de esta historia se unen al final por el susurro del perdón. La enorme madonna acariciando a su bebe arrepentida, susurrándole que todo está bien, el silencio de la pared blanca atrayendo al cuerpo enorme de la mujer ballena, llevándola en un viento sin fin hasta el polvo del “ya todo terminó”, la entrañable amiga de colegio, Verónica, duerme, con el espectro ya liviano del armatoste femenino que la consuela en la clínica, Rebeca, en el epílogo de un final ya sin remedio. A media luz, el encuentro entre la culpa y el ablandar de lágrimas pasadas, entre dos amigas que hace veinticinco años repitieron la escena del perdón. Rebeca vivía un mundo a parte en el colegio donde estudiaba, Revaca, como la llamaban. Era el punto de las bromas de sus compañeros. La escena final que la marcaría por el resto de su vida fue cuando su supuesta pareja del baile, un compañero, la deja en la playa, tirándola al mar de su desesperación. Rebeca emprende retorno hasta la fiesta para completar el estoque final de las burlas a las que era sometida. Ese incidente de humillación la perseguiría hasta verse atacando a su amiga Verónica, en la presentación de un libro de negocios, como una venganza inconsciente tras veinticinco años de amargura, de recuerdos como fantasmas invadiendo el presente. Durante esa vida Rebeca recibe una herencia que la convierte en una mujer rica y solitaria. Paralelamente Verónica se enamora; confundida, rompe su relación con su primer novio y a los veinticinco años inicia una vida de casada, dirige la sección internacional de un diario y tiene dos hijos a los que ama, un esposo y un amante que llena sus vacíos existenciales. Alonso Cueto (Lima, 1954) urde en las obsesiones psicológicas de dos mujeres que sin quererlo se necesitan, como todos los seres humanos que no saben que se necesitan. El susurro de la mujer ballena (Finalista del premio Planeta-Casamérica, 2007) es una novela de hostigamiento psicológico, su apariencia inofensiva sumerge al lector en las obsesiones de estas dos mujeres, separadas por el muro del “ganar o perder”. Rebeca, tras veinticinco años se encuentra con Verónica en el avión y todavía ostenta esa amargura por la escena del último día en la fiesta de promoción. El susurro de Rebeca va invadiendo en la actual vida de Verónica, quien irritada por la sed de odio con que pronuncia cada palabra, revive un pasado silencioso, un fantasma que empieza a atormentarlas. Rebeca un fantasma enorme blandiendo la bandera de la derrota, Rebeca en las lágrimas de un suicidio que espera, tras cerrar la puerta blanca de los recuerdos. Una frase memorable a lo largo del discurso narrativo desliza el pasado tangible entre Rebeca y Verónica, “El pasado que no está atrás sino dentro, un velo que sale de las cosas, la sangre dispersa en la neblina”.

*Referencia bibliográfica: Cueto, A. 2007. El susurro de la mujer ballena. Bogotá. Planeta. 259 páginas.

28 enero 2008

Eternos perdedores

Frecuentan las putas más baratas, ya que no son capaces de entablar conversación con una mujer normal, beben poco y no fuman porque su magro sueldo de perdedores no les alcanza ni para un polvo al mes. Están atentos para criticar, pero es justamente lo que critican lo que nunca han podido hacer, ni podrán. No son ni oficiosos ni asalariados, tampoco diletantes, son perdedores, olímpicamente perdedores. Los calatos que llegaron en último lugar en la competencia de los malos, los que chupan solos en un rincón de la fiesta y creen que con lágrimas se soluciona todo; los que no llevaron pareja al baile de promoción, o en su defecto miraban tras la puerta de entrada al baile, cómo es que debieron divertirse. Todos los perdedores tienen un amor platónico escondido en sus pensamientos, y le escriben cartas cursis en papel de cuaderno escolar, como si se tratara de una novia, que ni siquiera sabe que existen. Temen enfrentarse al trabajo serio del ordenador, porque su ordenador es Lentium I, aun lento para procesar textos en formato word. Son perdedores porque yo lo digo, yo que soy un ganador por sobre todas las cosas, y porque su concha de perdedores no tiene límites al aceptar que son perdedores, caracoles, lerdos y babosos, imbuidos en una miseria que los habita como hombres y los vomita como cagadas. Perdedores, a veces tienen dinero, pero no mujeres, a veces tienen miseria y ningún amigo, a veces tienen ideas buenas pero no las realizan porque temen, temen como rameras que temen al próximo cliente. Perdedores perdiéndose en el anonimato como una persona más, en los mercados, en los amotinamientos, en los conciertos gratuitos. Se quedaron afuera del baile porque no tenían dinero ni ánimos para mendigarlo, se quedaron sin nadie que los acompañe en su eterno patear de latas. Solos por las calles, recordando su perra niñez y su pobreza. No tengo ningún respeto por ellos, porque los que son perdedores son justamente perdedores porque quieren serlo. Pero no todo es malo en ellos, debo darles esperanzas y decirles que para una sola cosa sirven: para que existamos nosotros los ganadores. No tengo lástima ni rabia por ellos, total no existen. Probablemente enceguezcan al paso de su humilde vida, con la bondad de su mano entre las sábanas, porque nunca tuvieron el ánimo ni los suficientes huevos para hablarle a la chica de sus sueños. Perdedores, abundan en las calles, en las oficinas, en muchos cargos importantes. Sueñan, como todo perdedor, sus sueños son verdes, como sus pingües esperanzas, porque creen que los tiempos mejorarán, echados en la cama, esperando que todo se mejore. Han envejecido sin saber lo que es diversión. Son cautos y al extremo cuidadosos. Mezquinos para con su propio hambre que los va tragando perdedores, enrolados a las filas de los mendigos, de los perros vagos, de los locos abusados que merodean su propia imbecilidad en las esquinas. Acoto otra esperanza para ustedes, no irán ni al cielo ni al infierno, ya que ahí todos son ganadores, ganadores del cielo por buenos o ganadores del infierno por malvados; pero los perdedores no son ni buenos ni malos, son sólo perdedores, tibios, Dios los vomitará; perdedores taladrantes en su cabeza como sus palabras obsesivas vagando por las calles. Solos, incomprendidos, cagándose de frío porque olvidaron su veitiúnica casaca en su pringosa casa alquilada donde todo está en desorden; solos en su miseria que no los conmueve ni a ellos mismos, porque ni siquiera son sensibles, son sólo perdedores, perdedores que no irán a ningún lado, perdedores, basureados, mirados sobre el hombro, escupidos por nosotros los ganadores, perdedores como perros perdedores perdiéndose en las calles sin nombre.

26 enero 2008

Las que ‘visten de bigote’

Por qué decimos que las mujeres con vello en el lugar que a los hombres nos crece la barba y el bigote, el mentón y arriba del labio superior, ‘visten de bigote’. Analicemos. Vestir significa encubrir, disfrazar. Las mujeres que ‘visten de bigote’ pues, no disfrazan a éste, sino que lo exhiben, por lo tanto está mal empleada la frase aquella de que algunas mujeres ‘visten de bigote’; más bien lo muestran con orgullo, como ese cuadro de La mujer barbuda, del pintor español José de Ribera, en la que ni aun mostrando un fláccido pecho que amamanta a un bebe, nos excita; muy por el contrario, el miembro fálico sufre los embates progresivos de una inevitable detumescencia, ante esa barba prominente poseedora de pechos de mujer.
Las mujeres que ‘visten de bigote’, paradójicamente, no lo visten, no lo disfrazan, no lo encubren, sino que ‘lo visten’, ese justo sentido de la frase nos retrotrae a la idea de que ‘exhiben’ su bigote, ‘visten de bigote’, ambiguamente ‘lo visten, lo cubren, lo encubren, y a la vez, lo exhiben’, dándonos una lección de masculinidad a nosotros los hombres, ya que ostentando esta pelambre de durazno, sugieren una indudable valentía: ‘vestir orgullosamente de bigote’. Cuando beben leche, éste se viste de ‘bigote de leche’ y las hace verse más monas todavía. Algunas masculinas mujeres (vamos escalando hasta la cueva infernal) tienen vellos en las piernas, los que instalados en unas piernas flacas y musculosas, sugieren que han entrenado y entrenan en cancha de fútbol de centro poblado, jugando ‘a pata calata’ partidos para machos.
Hay mujeres que ostentan una prodigiosa melena en el pubis, algunas se lo trenzan, y se puede ver el bulto bajo el pantalón ceñido, como una ligera protuberancia masculina. Recomiendo a las féminas que no se afeiten ni la barba ni el bigote, ya que con esto podrían hacerlo crecer más grueso, y ya no serían ‘las que visten de bigote’ sino “las mujeres barbudas”; estaríamos hablando, ya no de pelambre de durazno, sino de púas masculinas. Su función matrimonial entonces sería inversa, siendo así el hombre el que abra las piernas y “la mujer barbuda” la que arremeta, porque, por si no lo sabían, esa pelambre púbica confiere el crecimiento de un pene atrofiado en las mujeres barbudas con trenza colgando de la concha, pene que con la afanosa y diaria arremetida al marido, puede llegar a gustarle a éste.

25 enero 2008

“Ni b(v)ello ni pendejo*”

Podríamos decir que los pelos del ombligo no son ‘ni vellos ni pendejos’, ya que los vellos están en las piernas y brazos de hombres y mujeres, y en el bigote de algunas mujeres; en cambio los ‘pendejos’ son específicamente los que se encuentran en el área púbica, tanto del hombre como de la mujer, de ahí que a los feos se les llame: “pelo de ombligo” porque no son ‘ni b(v)ellos ni pendejos’, aludiendo que no son “ni bellos (bonitos) o vellos (pelos) ni pendejos (pelos del pubis) o ‘listos’”. Nótese aquí el doble sentido de la hilarante frase; b(v)ello, al oído de la popular frase, tiene un sentido ambiguo: ‘persona bella’ y a la vez vello (pelo), pero la broma que alude a los feos de que no son “ni b(v)ellos ni pendejos”, refiere su fealdad y su tontería, más que a la sola aserción de que los feos y tontos no son “ni vellos (pelos) ni pendejos (pelos púbicos)”, porque los pelos del área púbica, son eso, ‘pendejos’. Aquí se desprende otra duda, materia de otro texto híbrido que más adelante se pergeñe, la de ¿qué son los pelos de los sobacos?.
La palabra ‘pendejo’ en el Perú equivale a ‘listo’, ‘vivo’ ‘criollo’, lo cual entra ya al terreno de la confusión esto de que esos tipos de tontos no están entre la categoría de vello (pelo), por ‘bello’, ‘bonito’; ni pendejo (pelo del pubis), por ‘vivo’, ‘listo’. Fonéticamente es válida la broma popular esta de “pelo de ombligo: porque no es “ni b(v)ello ni pendejo”, pero es justamente su doble sentido lo que la hace hilarante.


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*Vivo, listo.

24 enero 2008

“Los pelos del culo no son pelos”

Al igual que las mujeres que ‘visten de bigote’, pero que no es bigote, “los pelos del culo no son pelos”. Al respecto hay un dicho: “Los perros del curro no son perros” por medio del cual se imparte la enseñanza de las primeras palabras a los niños de cuatro o cinco años, pero siempre es para deleite de los adultos escuchar a los pequeños pitilenguos decir que “los pelos del culo no son pelos”, por querer decir que “Los perros del curro no son perros”. No, en efecto, no son pelos, están en la categoría de vellos, pero tampoco son exactamente vellos ni tampoco pendejos*: “los pelos del culo no son pelos”.
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*Vellos púbicos.

22 enero 2008

Persistentes diletantes

El Diccionario electrónico de la Real Academia Española, en su ítem segundo, respecto de la palabra Diletante, acierta: adj.Del it. dilettante, que se deleita Que cultiva algún campo del saber, o se interesa por él, como aficionado y no como profesional. U. t. c. s. U. t. en sent. peyor. Y recalca, “en sentido peyorativo”. Ciertamente, no hay mejor acento para describirlos. Siempre han existido, como las bacterias o los hongos, en todas partes, y con las mejores intenciones y ese título real de escritores que les ha conferido una gratuita inspiración. Demoran años en escribir un libro mal escrito, e intempestivamente la suerte les mejora cuando “al champú”, “de chiripazo” —como decimos en el Perú— les sale algún texto bonito. Hay contadas y honrosas excepciones, y alabo esa suerte de que a veces la inspiración les regala los mejores versos floridos o novelas cojudas. Ciertamente, en sentido peyorativo, cierta y penosamente, esperan que la inspiración les llegue, y son como niñas bonitas que no quieren sudar la camiseta para, de manera responsable, escribir como se debe, con los huevos.
Son extremadamente sensibles, hasta parece que no hubieran venido al mundo por una concha, porque para ellos apesta. El mundo apesta, cierto, amigos diletantes. Pero ustedes no apestan, créanlo. Es simple, no apestan porque no existen. Y lo que es peor, ni siquiera figuran en el diccionario del olvido. Nadie compra sus libros, los que ni siquiera registran, y publican sólo para sus amigos, o ni siquiera publican; piensan que con esto se van a volver leyendas vivientes, como tanto poeta y suicida cabrón que ha endeudado a sus pocos parientes, con el pesado cajón con su cadáver adelante, y atrás cuatro gatos, contando chistes, desternillándose de risa en su velorio.
Gastan ingentes sumas de dinero en ser famosos, y a su muerte sólo dejan deudas, y un amargo deseo de fama volátil que ya todos sus 4 lectores han borrado de sus malos recuerdos.
Suelen integrar grupos de intelectuales en desuso, y citan siempre las mismas frases, dando a saberse entre ellos que sus magros ingresos no les alcanzan ni para un libro pirata al mes. Están hechos a imagen y semejanza de un pujante caballero que derribaba molinos de viento en su mente, y que al final de su vida por fin alcanzó ser recordado, pálido Quijote rendido ante la realidad de que los caballeros andantes ya no existen. Mis amigos diletantes, son tan famosos que hasta los encuentro en la web, y con refinado gusto cuelgan textos triviales y biodegradables al paso de las horas.
Su pujanza me gusta, son adorables. En realidad son buenos conversadores, no menos que creadores en noches de bohemia rociadas con botellas de caca. Fulgores surrealistas recorren sus aristas de artistas, y le deben mucho a esta corriente de vanguardia, dadas sus gratuitas deficiencias filosóficas y neuronales.
Creen que los bestsellers no han de ser tan malos, ya que congenian con su entendimiento, y hasta los coleccionan, imaginando en alguno de ellos su nombre a lo ancho de la carátula, en letras doradas y de molde.
Si fueran asalariados comunes, igualmente serían anónimas personas, pero sin la corona de laurel que a diario los consagre en concursos literarios de pueblo.
Poco a poco la vela de la creatividad les va quemando el cerebro, y también la yerba y ayahuasca.
Respiran una pasión que les depara la fama, y ya han tirado la toalla.
Cierto, todos soñamos y tenemos esperanzas, hasta yo tengo la ciega esperanza de ser recordado con algún libro que he publicado. Pero qué se va a hacer, pues, para que haya ganadores es preciso que existan perdedores. Siempre.

11 enero 2008

Un acto de heroísmo

En el introito al segundo número de la Revista Kcreatinn, de pronta aparición, editada por la Organización Cultural del mismo nombre, sostengo que hay tres tipos de héroes: los bomberos, los héroes patrios, y los fundadores de revistas literarias. Me centraré en esta última clase de héroes, que son los más sacrificados, y no es para menos relacionar la palabra “sacrificio” con la frase “fundación de una revista literaria”, que irremediablemente está supeditada a la acuciosa lectura de una élite. Reconozcámoslo, la buena literatura no es para las masas.
Para empezar, el acto creador sugiere un desgarro, un sacrificio, que después de culminado nos llena de satisfacción, pero esa satisfacción termina cuando empieza la preocupación por publicar lo creado; es ahí cuando el escritor se enfrenta a la odisea de publicar, y a la locura, al acto heroico, de difusión.
Para empezar, las grandes librerías no aceptan ediciones personales de autor, ni revistas de limitado tiraje, digamos especializadas, exentas de la corrupción editorial que entrelazan las revistas marketeras, las que llegan a un determinado estrato de la sociedad, meramente comerciales.
El éxito de una revista tiene como sólida base un eficiente estudio de mercado y una estrategia agresiva de marketing para distribuirla.
En el Perú, sólo tienen éxito las revistas que llegan a los estratos cuyo mercado se ha estudiado previamente, a un precio considerable, y con un contenido despreocupado de la calidad formal de los textos, pero sí con la única preocupación de entretener con experimentos de literatura ligh o chismes faranduleros que no van más allá de su esperpéntica fauna (ídem los diarios chicha).
Numerosas revistas literarias se empolvan en los estantes de librerías modestas; otras, no existen más que en puestos informales.
El fundar una revista, irremediablemente convierte a sus protagonistas —los sigue convirtiendo—, sin quererlo, en diletantes, ya que con ello ni siquiera consiguen que un considerable número de lectores acceda a sus páginas, por no contar con un plan estratégico de distribución, y como casi nadie lee esa revista, pues los colaboradores no son más que aficionados que en sus ratos libres matan el tiempo escribiendo, sin otra intención que la vanidad de escucharse o leerse a sí mismos, como si se tratara de la última obra maestra producida por un genio incomprendido.
El mayor problema al que se enfrenta un fundador o director de una revista, un escritor, un poeta, es la distribución de su material impreso. Mejorando el problema de la distribución, se mejorarían todos los problemas que devienen, en cadena. Específicamente mejorarían las ventas, así sea sólo por la marca que lleva impresa en letras del tamaño de un titular de periódico; esto implicaría que su popularidad aumente y por ende los escritores serios querrían ser publicados en dicha revista, y así la internacionalización de esa revista cobraría vida a escala planetaria. Como ven, todo se solucionaría, a partir de la distribución.
Ningún escritor metódico en su oficio arriesga sus manuscritos a cualquier título de revista desconocida, no sé si será por orgullo, o por ego, lo cierto es que yo tampoco lo haría.
El auge de la Internet en los años 90 trajo como consecuencia una disminución de lectores de libros tradicionales, por la novedad, por la cantidad de información bombardeada, ocio, entretenimiento, pornografía, etcétera. Pero con el correr de los años el problema se ha invertido, es decir que actualmente un internauta promedio que descarga los títulos de sus libros electrónicos preferidos, y al costo mínimo, pues pasará la mayor parte del tiempo imbuido en la lectura, y lo favorable de la red es que una cosa lleva a la otra y los caminos se escinden, bifurcan y multiplican, una enfermedad benigna ha sido la Internet desde su aparición en 1969, con fines militares, en que se abría como primer nodo de la red ARPANET, en la Universidad de California, y desde ese entonces ha multiplicado a los lectores de libros impresos, justamente por ser la mayor herramienta de difusión literaria del planeta: Internet.
De internautas han pasado a ser lectores voraces. Los Ebooks ahora pueden ser descargados de la web a los dispositivos, como el Softbook o el Rocket, ambos dispositivos han aumentado la demanda de los Ebooks, que allí descargados se pueden subrayar, y hasta hacer anotaciones en ellos, esto los hace diferir en lo mínimo de un libro de papel tradicional. Ya no es problema ahora, para cualquier profesional, llevar una enorme biblioteca con más de 200000 títulos a un congreso y tranquilamente consultarla en la comodidad del hotel, antes de cada disertación académica.
Ahora ya se habla de “publicación por demanda”. Se solicita un título que ya no circula en librerías, y se imprime en cuestión de horas, a un precio razonable.
La aparición de los blogs ha aumentado la promoción, aun de autores desconocidos. En los blogs podemos leer reseñas de libros de reciente aparición, de autores poco conocidos que jamás aparecerían en los grandes diarios, y esto ha originado la igualdad en cuanto a la promoción de autores noveles y consagrados.
En cuestión de segundos, sin firmas ni contratos, vía mail, se mandan a imprimir libros, digamos, en editoriales independientes limeñas, de esas que plagan la escena literatosa, sin mayor responsabilidad que la de no perder dinero publicando mamotretos. Sólo es necesario tener un poco de solvencia económica y tener un regular talento para publicar un libro (regular = diletante). Y es por eso que la proliferación de seudoliteratos está en aumento. A una mayor oferta de sellos editoriales, ha surgido, como una respuesta a la acción, una mayor demanda por parte de una legión de aficionados que con unos cuantos cientos de dólares, se lanzan a la fama, verdaderos héroes de la literatura.
Ahora en el Perú encontramos poetas como pulgas en panza e’ perro, y contados narradores, todos ellos héroes, al igual que los fundadores de revistas literarias, que por más talento que demuestren (casi nadie lo hace), si es que no se enfocan en que su literatura sea vendida, reconozcámoslo, a parte de héroes, seguir